Columnistas Invitados especiales

LA ÚLTIMA ENTREVISTA A GABO: LO MALO DE MORIRSE ES QUE ES PARA SIEMPRE

Escrito por: Emilio Sánchez Alsina

Gabriel García Márquez estaba en el segundo piso de la casa, su refugio en Cartagena de Indias, e inició el descenso de las doce gradas de baldosas color arcilla roja; apoyaba su mano derecha en un bastón brillante de fina madera color café y agarradera en arco, forrado en acero dorado. Bajó grada a grada por el centro de la escalera con pasos cautelosos. Yo y su mujer Mercedes, junto a su hermana Rita y su hija Chechi, lo esperábamos en la cocina auxiliar alrededor de una amplia mesa de cristal. Su descenso lento, pausado, me permitió verlo con detenimiento: una vez confiado al bastón, lanzaba su cuerpo dando en el aire un paso de baile de cumbia.

Sobre la mesa lo espera una maqueta de 1.00 por 0.60 metros de la que fue su casa, hogar de sus abuelos maternos en la población Caribe de Aracataca, que no veía desde hacía más de setenta años, cuando la abandonó para siempre en un lejano año de 1937. Dijo alguna vez: “Es difícil imaginar otro lugar más olvidado, más abandonado, más apartado del camino de Dios.”

Bajo su brazo izquierdo apretaba doblados varios ejemplares de medios escritos y, aunque “las personas inteligentes no leen periódicos”, los protegía como si fueran parte de su cuerpo. Su cabello era frondoso, brillante, de rizos como burbujas de mar; desordenados se mecían suaves, saltarines, su nariz aguileña, grande, su bigote blanco, amplio, recortado como con láser, resaltaba sus labios carnosos color rosa ceniza. Vestía un pantalón blanco, guayabera gruesa de lino azul  claro y de manga larga holgada, que  le  caía  hasta  sus  rodillas;  calzaba unos mocasines blancos de cuero suave sin medias, no mostraba prendas en sus brazos ni en su pecho. “El oro se identifica con la mierda; es mi caso: un rechazo a la mierda, según me dijo un psicoanalista”.

Mi primera impresión al verlo bajar las escaleras es que éstas no terminaban nunca, yo veía ante mí a un abuelo manso, indefenso a punto de resquebrajarse, le vi una tristeza lejana, una melancolía en su entorno, el costeño arrebatado de su juventud había desaparecido por completo. “Los costeños somos la gente más triste del mundo”, sentenció alguna vez. Solo hasta ahora comprendo sus palabras.

Me incorporé para verlo bajar los últimos escalones y los  tres  metros llanos que nos separaban, y allí lo tenía frente a mí, parecía de verdad, era como de carne y hueso. No era blanco, negro, indio, era ninguno, era de todos un poco, su culo parado delataba su origen Caribe. Tenía una luna que lo iluminaba por dentro, ojos saltones, escrutadores, miraban extraviados al cielo.

Caminó lento hacía mí encuentro, parecía perdonando el viento, me miró de frente y me tendió la mano fuerte, carnosa, rellena de algodón prensado, palpé y sentí su calor. Si Dios existe, este es un milagro. Gabo me clavó sus ojos, y habló para él mismo: “A ver, qué es lo que me tienes por acá”, como si hubiéramos sido amigos desde siempre, entonces olvidé mi preocupación de como saludarlo, ya él lo había hecho, pero me salió algo así como: “Maestro, mucho gusto”. Saludó enseguida a Rita, su hermana, quien se le acercó con dulzura. Gabo la abrazó y ella, con sus escasos uno cincuenta metros, pareció perderse como un pichón en su cuerpo. Mercedes y los demás se mantuvieron en sus sillas, como abejas mudas alrededor de la mesa. En ese momento eran conocidas los estragos de sus dolencias, en los últimos años no podía sostener una conversación coherente, ni controvertía ningún tema, escuchaba en silencio, solo la música caribe tenía el poder de despertar su locuacidad y hacer vibrar su cuerpo.

En enero de 2013 conocí a Vargas Llosa en la ciudad de Cartagena, me firmó un libro que no era de suyo, momento que aproveché para preguntarle si conocía algo de la salud de García Márquez. Estiró su largo y elegante cuello, me miró, se silenció y en el momento que creí iba a decirme algo sobre Gabo, sus ojos se elevaron, su mirada pareció perderse en un punto fijo, volvió hacia mí y me contestó: “discúlpame”, su mirada bajó hacia la mesa que ocupaba y agregó: “No te imaginas cómo está mi cabeza en este momento”. No insistí más, me fui a otra mesa que en ese momento ocupaba solitario el expresidente de Colombia Belisario Betancur, quien anotó en el mismo libro que antes me había firmado Vargas Llosa esta nota: “¡La obra de García Márquez es la excelsitud!”. El libro que conserva tan peculiares recuerdos es La soledad del lector, de David Markson.

En los últimos años Gabo no viajaba, lo viajaban, lo llevaban por todo el mundo, parecía un monje feliz, una especie de buda viajero. Mercedes siempre lo acompañaba hasta los rincones más extremos del mundo. Su “cocodrilo sagrado”, con quien se casó “para no comer solo” hace más de sesenta años, no lo abandonaba en ningún momento. Sin embargo, o por ello, Gabo declaraba que “es difícil convivir con una mujer. ¡Es más fácil vivir con otro hombre!”

Mercedes, se mantiene plácida, inalterable, conserva una elegancia egipcia de movimientos serpentiles lentos, insinuantes, voluptuosos; la sabiduría parece haberse acumulada en sus parpados caídos. La miro con ansia, me sostiene la mirada impávida, sus ojos me penetran sin compasión. Eran las doce y treinta de la tarde, la misma hora y el mismo sol del 27 de febrero de 1950 en que Gabito, a sus veinte y tres años, seguía a su madre por las calles desoladas de Aracataca, para vender lo que quedaba de su casa. Ese fue el día en que decidió que no haría otra cosa en la vida que ser escritor.

Estábamos en otra de sus lujosas mansiones, una casa colonial diseñada por el valorado arquitecto Rogelio Salmona, al lado del hotel Santa Clara, uno de los más prestigiosos del mundo, donde los huéspedes pagan una suma adicional para poder apreciar, aunque sea de lejos una parte de la casona del Nobel. Gabo adquirió su casa a finales del siglo pasado e inició su remodelación a pesar de su olvido:  “Cuando llegamos aquí yo no recordaba que era mía, entonces sembramos árboles y nos quedamos”, dijo alguna vez.

El destino divino y su familia, a la que desde años atrás me había acercado mucho, me habían abierto las puertas de su casa, aunque jamás vislumbré que alguno de su clan familiar me sirviera de enlace para entrevistarlo. Un día recibí una angustiante y alegre llamada de Aida, ex monja y hermana del Nobel, quien con su voz modulada me dijo: “Emilio, Gabo te espera mañana en su casa, debes estar allí a las doce   y   treinta   de   la   tarde, debes   ser   puntual, él   tiene muchos compromisos; yo no puedo acompañarte, tengo gripa, y no quiero que Gabito se contamine por mi culpa. Irás con mi hermana Rita, con ella estarás mejor, es como si fuera su casa”.

Esta llamada se produjo cuando un luto envolvió la ciudad de Barranquilla, donde yo me encontraba por enésima vez en sus carnavales. A esa hora caía la noche y había sido enterrado Joselito Carnaval. Las viudas lo habían llorado entre gritos desgarradores, reclamando a Dios que el descanso eterno no lo fuera tanto, muchas asechadas por su dolor, se arrojaban a la parte más noble del muerto, querían llevarse en un mordisco su último recuerdo, mientras él parecía el muerto más feliz de la tierra. Su medio metro era bañado en lágrimas y besos mientras sonaban los acordes de la Gaita y las tamboras.

Un amplio portón colonial de madera café nos separaba del interior. La sobrina de Gabo que me acompaña timbra y su hermana Rita se identifica. A los pocos segundos Rafael, un hombre maduro, de contextura fuerte, unos 70 años, y más de 20 al cuidado de la casa como mayordomo, abrió las puertas del portón e ingresamos al amplio patio lleno de materas blancas sembradas de palmeras, lo demás eran flores, pequeños brotes de pasto verde bien cortado y fresco.

Yo no iba en plan de entrevistarlo, por lo cual no me comprometí a hacerle preguntas ni a indagar sobre su vida, había leído todas sus entrevistas, su obra y notas de prensa; además compartí en muchos momentos cafés interminables con sus hermanos, donde no había otro tema que hablar de su vida.

¿Qué se le puede preguntar a un hombre que por más de sesenta años ha hablado de todo, y al que yo no conozco? No obstante, debo confesar que llevé mi celular activado y quise guardar esta conversación privada; Dios a veces es bueno: mi cámara no funcionó, y hoy mi conciencia me hubiera castigado por deshonrar esa reunión tan amistosa, tan íntima.

Para la época de mí entrevista era conocido que padecía lagunas en su memoria, los especialistas le dieron el extraño diagnóstico de “insuficiencia cognoscitiva”. Su madre Luisa Santiaga la definió en su lenguaje ancestral: “La pérdida de la memoria es como una mancha de aceite que se expande al pasado”.

La pérdida de la memoria es el mal que aqueja a la familia García Márquez, y extrañamente todos los hombres la han sufrido, pero ninguna de las hermanas. Al ver las primeras muestras de esta enfermedad, Gabo fue consciente de su herencia; departiendo con su primo, el poeta José Luis Granados, anotaba: “Es el mal de la familia, yo ya estoy preparando los otros tomos de mis memorias antes de que se me olviden las cosas”.

Jaime, su hermano más cercano, me dijo que la mejor fórmula para combatir la pérdida de memoria que Gabo había encontrado era tomar champaña, al parecer las burbujas irrigan más oxígeno a la sangre, controlando la ansiedad que produce la enfermedad. Fue entre otras la razón de abandonar el Whisky, el licor preferido del Nobel. “El whisky es bueno; mi fórmula es: poco whisky, mucha agua y muchas veces”.

Alguna vez el presidente de Panamá, Omar Torrijos, en una parranda le sugirió al Nobel tanquear el avión de whisky en vez de gasolina y recorrer el Caribe.

A principios del año 2000, ante el avance de su pérdida de memoria, había que llevarlo a la actualidad, provocar su pasado, inducirlo, sin preguntarle nada. Gabo sufría enormemente por la ansiedad de no saber de qué se le hablaba y, peor aún, de no poder recordar a su interlocutor, que en el peor de los casos era un amigo. Lejana estaba la época en que poseía una memoria descomunal. “Ahora son otros tiempos”, le confesó al poeta Díaz Granados: “A mí me ocurre que cuando encuentro una grieta en la memoria me da pánico, siempre tuve una memoria verraquísima”.

Pocos días antes de su muerte se le celebró una reunión en Cartagena. En esta última parranda, vio a un hombre al extremo de la sala, lo miró fijamente con sus ojos escrutadores, pero no pudo recordar de quién se trataba, atravesó la sala hacia él, lo abrazó con fuerza y le dijo. “No recuerdo quién eres tú, pero sí sé que te quiero mucho”. Se confundieron   en   un   abrazo   estremecedor, ambos    lloraban   sin pronunciar palabra alguna, todo estaba dicho en ese abrazo: era su hermano Jaime, quien de manera discreta se retiró callado, no le dijo su nombre para no herir más ese alma que ya sufría demasiado. Jaime, en el café Abaco de Cartagena, me rememoraba esa escena con sus ojos empañados, le temblaba su voz, me miraba y me decía: “Tú eres de mi familia, tu eres otro hermano”.

A finales del siglo XX, la salud de Gabo se deterioró demasiado, debió ser sometido a altas dosis de quimioterapia, sus defensas se redujeron hasta un 30%, pero recuperó su peso, su fortaleza. En Cuba le realizaron pruebas genéticas para controlar su enfermedad, pues “Nunca se sabe si una persona está bien o mal de un cáncer”; debió tomar en los últimos años de su vida, de forma permanente, pastas que le inducían al sueño, ya su caminar de paso llano delataba su pérdida de sensibilidad en los pies, producto de los efectos colaterales de su tratamiento con quimioterapia para su cáncer linfático, que a pesar de su aparente recuperación le exigía someterse a controles rigurosos de forma permanente. Ese mismo cáncer fue el que finalmente hizo metástasis y le ocasionó la muerte.

Esa muerte, su propia muerte que quiso relatar con su pluma. “La muerte es la experiencia más importante de la vida de uno, sobre la cual no podré escribir una novela”. Nunca hablaba de su muerte, le temía, era algo intocable, lo hacía por medio de sus personajes… “La muerte es como si de pronto se apagara la luz”. En sus últimos años debió de sufrir, no por la enfermedad que lo consumía, sino por el drama consciente de no poder escribir, para él debió de ser el mayor de sus sufrimientos.

Mi diálogo con García Márquez se originó años atrás, cuando me puse a la tarea de reconstruir un modelo de la casa donde el Nobel nació y se crio durante su niñez. Fue conocido el gran disgusto que Gabo sintió cuando se quiso reconstruir su casa de Aracataca sin siquiera tener en cuenta sus recuerdos, ni los de su familia, la casa reconstruida debió ser nuevamente derrumbada ante su reacción y su deseo perentorio de que él mismo la reconstruiría como era.

Foto de la maqueta que hizo la sobrina de la casa de Gabo.

La maqueta con la que espero al Nobel, finalmente sirvió de modelo para la reconstrucción de la casa. En ese proyecto me empeñé junto a la familia García Márquez, fue una tarea minuciosa que incluyó varios viajes a la población de Aracataca con sus hermanas. Finalmente el logro plasmado en una maqueta por la sobrina arquitecta del Nobel, donde se aprecia con absoluta realidad cada uno de sus cuartos, pasadizos, patios, solares, muebles, detalles hasta de la escalera de madera donde su abuelo, el coronel Nicolás, encontró la muerte en una agonía sin fin al caer desde el último peldaño, en busca de una lora parlanchina que hacía de reportera en una época lejana, vociferando “Viva el partido liberal, godos hijueputas”.

Gabo le confesó a Plinio Mendoza en El Olor de la guayaba: “Todos los días despierto con la impresión, falsa o real, de que he soñado que estoy en esa casa de Aracataca”. Era allí donde, según cuenta Dasso Saldívar en El viaje a la semilla, “La abuela lo sentaba en una silla de mimbre a las seis de la tarde y lo amordazaba con el terror de los espíritus endémicos de la casa para que no siguiera preguntando y molestando”.

La maqueta que reflejaba su casa natal se hallaba encima de una enorme mesa de vidrio; en la casa del premio Nobel de literatura, no veo en absoluto un solo libro, ni siquiera una revista que atenuara mi espera. Recuerdo a Gabo: “Mi recuerdo más vivo y constante no es el de las personas, sino el de la casa de Aracataca donde vivía con mis abuelos”. Fue a su sobrina, a quien le correspondió hacerle una ligera presentación de su casa a escala, de la que ella había sido arquitecta. Chechi le explica a su tío el origen de la maqueta, con una voz nerviosa, que esa casa -su casa- era mía.

Gabo se sentó, miró con detenimiento cada uno de las piezas de su casa, sus muebles, su cuna y comedor, todos sus pasadizos, olió el aroma de los  geranios,  el  ruido  del  agua  que   la   recorría,   la  tierra descarnada. De repente, todo fue silencio. Neil Angstrom el primer astronauta que pisó la luna debió sentir un silencio igual, no puedo hoy determinar el tiempo pasado, no sé si fueron minutos, horas, o ninguno; Gabo recorrió con su mirada todos y cada uno de los rincones de su casa sin pronunciar palabra alguna, una película sin guion recorrió su mente, miles de imágenes debieron pasarle por la cabeza en un segundo, era la película de su vida, de pronto se paró, miró una vez más y su semblante tenía una palidez sepulcral, como si una luna espectral atravesara su cara brillante. Las hojas que a esa hora caían danzando en la brisa de la arbolada de su patio frenaron su baile, las olas del mar cercano dejaron de abatirse, todo fue silencio, no había el menor respiro. Gabo lloraba.

Un sentimiento de culpa me estremeció, algo en mi me reclamaba haber generado su llanto, sentimiento que aún me martilla implacable como un pecado imperdonable.

Foto: Casa de Gabriel García Márquez antes de ser reconstruida 

El tiempo pasó, nadie habló ni se oyó el más leve respiro, Gabo me miró profundamente, con un dejo acusador implacable y me soltó a boca de jarro: “¿Tú fuiste a mi casa? Es que esto me llena de nostalgia”. El huracán de sus recuerdos había hecho implosión en su alma. Su voz se quebró, un mutismo lo envolvió y enmudeció, su rostro se cubrió de una extraña luz intensa, su silencio me hizo comprender el dolor que lo mataba, el corazón debió habérsele arrugado, roto en pedazos, sus ojos se encharcaron de lágrimas y no hizo nada por evitarlo. Su quijada temblaba incontrolable. Gabo estaba friquiado. No resistí más esa escena y desvié la vista lleno de vergüenza.

¿Qué recuerdos pasaron por su cabeza para que este hombre llorara frente a mí? ¿Qué inundaciones se precipitaron en sus recuerdos? Solo él lo supo. Seguro vio en una película- relámpago pasar su vida, vio las imágenes de su abuelo y el eco de su voz, el tren lanzó su ronquido, los pescaditos de oro de su abuelo saltaron mostrando su brillo plateado, tocó el hielo con sus manitas agarradas a las de su abuelo, vio muertos en todas las piezas, mariposas amarillas, los almendros floridos, los ovejos guajiros, el vaho de las bestias, el rumor de los frutos, recordó el olor penetrante de la guayaba, su infancia fantástica, una hermana que comía tierra como una lombriz y una abuela ciega, perdida en su propia casa.

Soportó un escalofrío en sus huesos al reconocer la escalera donde su abuelo en una noche de luna llena encontró el comienzo de su muerte futura, aguaceros interminables, se escondió despavorido de los relámpagos para encontrase el trueno, trenes llenos de muertos; un olor a banano inundó el aire de sus pulmones, fue cada una y todas esas cosas las que lo llevaron a repetir con una voz que salió de sus entrañas: “Esto me llena de tristeza”.

Gabo, ha recobrado su estado pontifical, su voz de acento caribe, no efusiva, pausada, segura, determinante de un eco lejano seco, claro, como si sus palabras brotaran de una cascada, envolventes, adormecedoras, de hechicero. Estaba a mi lado izquierdo, rocé su brazo y vi con absoluta nitidez sus manos pulcras, y unas uñas brillantes cortadas a la perfección, parecían dedos esculpidos de reina madre.

Se explaya como buen guía turístico señalando uno a uno los recovecos de su casa, ve un pasadizo estrecho y dice: “Por acá corríamos a escondernos de los muertos”. Movía sus manos, apuntaba con su dedo índice que sobresalía de un puño cerrado, martillando sus palabras y sus ojos le brotaban detrás de sus gafas grandes de carey, ojos lamparones que llevaba abiertos premonitoriamente desde que nació.

Foto: Casa de Gabriel García Márquez reformada.

Mercedes, atenta a la exposición le preguntó de cuáles muertos hablaba. “Pues del muerto que nos perseguía, el muerto que vivía en este lote”, determinando un amplio espacio descubierto. Así poco a poco como si hablara consigo mismo continuó con su voz nostálgica, cadente, de una ternura arrulladora.  Mercedes, fumaba   cigarro   tras cigarro que encendía con una bella mechera plateada, solo retiró el cigarrillo de sus labios para indagar el porqué de una casa tan grande si vivía tan poca gente. Gabo le respondió al instante: “Porque allí vivían muchos muertos, además vivían muchos que no vivían acá, sino que venían a vivir”. Señaló con su dedo índice derecho al ver su habitación: “En esta pieza viví yo”. Allí estaba su cama de tubo cubierta por un ligero sobrecama de hilos coloridos.

Pasó una hora de diálogo y Mercedes le indicó a Gabo que sus onces están servidas, él se levanta sin cuestionar, obedece dócil, parecía que ya “Dormía la siesta antes del almuerzo”. A pesar de ser más de mediodía llevaba poco de haberse levantado y parecía como en sus tiempos de joven conquistador “Durmiendo de día y aventurando de noche, como la gente de mala vida”. Se dirigió al comedor interno de la cocina que nos separaba a muy poca distancia por un vidrio amplio cuya puerta permanecía abierta, lo vi sentarse, tomar varias manotadas de pastillas y luego reclamar como un niño terco “no me dieron pudín, ¿Dónde está mi pudín?” alguna explicación le dieron, se olvidó del reclamo y se sentó a comer algo muy frugal, regresó a los pocos minutos.

Era muy frecuente que cambiara de tema de un momento a otro, parecía olvidarlo, pero en el momento menos esperado pronunciaba sus sentencias lapidarias que definían todo de la forma más inverosímil. En esta ocasión la conversación de Gabo giró alrededor de su casa, de su vida allí, con todo lo que esto significaba para él y su obra literaria.

Gabo regresó y retomando la conversación, me reclamó como cualquier anciano perdido:  “Esa es mi  casa,  esta  es  mi  casa”   y me preguntó: “¿y ahora tú qué vas a hacer con mi casa?” Continuó implacable: “¿Entonces tú te vas con mi casa?” No supe qué responder, quedé mudo, peor aún, me sentí como un ladrón cogido in fraganti. Al fin de cuentas, era su casa y no la mía la que él reclamaba. Balbuceé y le expresé en pocas palabras que su casa la tendría a la   orden   cuando   la   necesitara, Mercedes   me   salvó al recordarle que era hora del almuerzo y que debían partir.

En efecto, ella inició su retirada, Gabo avanzaba lentamente tras ella y yo no resistí el que se fuera sin firmarme la maqueta, recurrí a Jaime con ansiedad para que le dijera a Gabo lo que yo no era capaz. Gabo se devolvió unos pasos, le di mi lapicero, escogió una parte libre de la maqueta y se cuestionó qué es lo que debía escribir: “Soy muy bruto para escribir”. Quizá tenía razón porque preguntó a su hermano: “¿Qué escribo?”. Jaime le dijo que escribiera lo que quisiera, que él era el dueño del balón, no escribió nada. Gabo preguntó: “¿Qué año es?”. Su hermano le respondió, sin embargo, Gabo parecía extraviado, una vez más Jaime le dictó los números uno a uno y Gabo de su propio puño y letra iba escribiendo 2, 0, 1…, hasta que imprimió el último número y estampó su firma.

Mercedes ya ha avanzado varios metros, yo caminaba solo con Gabo, quien se apoyaba suavemente en mi brazo izquierdo, yo sentía su suave apretón, en el camino me dijo con inocencia y con cierta ansiedad, feliz de quien espera un regalo: “Mercedes me llevará a bailar”. Continuamos paso a paso los pocos metros que nos separaban del carro donde ya estaba su esposa esperando con la puerta trasera abierta, no logro recordar qué más hablamos en esos segundos, paramos para despedirnos y me preguntó: “¿Yo también me voy contigo?”.

No le contesté. Pensé en un momento que sí, que se hubiera venido conmigo, ir con él a bailar, ver las putas, recordar sus amores fogosos, locos, a María Alejandrina Cervantes con quien soñó casarse. “Fue ella quien arrasó con la virginidad de mi generación, descubrí la lealtad del alcohol y aprendí a vivir al derecho, durmiendo de día y cantando de noche”.

La realidad truncó mis deseos. Volví en mí y caí en cuenta de que me estoy despidiendo para siempre de Gabo en el Caribe Colombiano. Le doy mil gracias, y a su vez él me contesta: “Gracias a ti”. Me da un apretón de manos y yo no resisto abrazarlo, lo estrecho contra mí, le doy      un      beso      en      la    mejilla     y   siento   su   olor de abuelo octogenario, impregnado de una deliciosa fragancia.

Cartagena de Indias, mayo 20 de 2.014

Publicado también en el Diario ABC de España.

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