Invitados especiales

PRIMER DÍA COMO MESERO DE UN BAR SWINGER

Un vaso de agua sobre la mesa. Desde arriba se podía percibir el estridente sonido del lugar, las ondas que se formaban en el líquido, materializaban los decibeles  que retumbaban en las cuatro paredes que edifican la discoteca. Aún era posible ver las manchas húmedas que deja el trapero en los baldosines recién lavados.

Eran apenas las 9 de la noche y en una esquina se escondían tímidos un hombre y una mujer de aspecto estereotipado en las revistas de moda: Sus senos parecieran ser la obra maestra de un cirujano plástico, estaban forrados por una blusa de satín. A ella sólo la vestía una diminuta tanga. Sus pies, están finamente calzados. Una tira de cuero negro envolvía su tobillo y en total, unos diez centímetros de tacón exhibían la forma de un pie perfecto. Este sin duda es el paraíso para un podofolico. Mis ojos se escapaban del vaivén de sus uñas rojas.

Fuera del club, es un tabú hablar del fetiche de pies. Allí, era posible comentar y aceptar que me excitaba el olor que deja el cuero de los zapatos en esa parte del cuerpo. También, que desearía fundir mi boca en la curvatura perfecta que se formaba desde la punta de sus dedos  hasta el talón y que emula las líneas de las caderas femeninas. Para entonces, comprendí que mis gustos no eran comunes; tampoco predecibles. Siempre tuve la sensación de ser una especie de pervertido y fenómeno. Pero en el club, nada está escrito y los límites son expresiones individuales.

Pareciera estar desconectado del resto del entorno. A mi mente llegaron las explicaciones que Freud me dio para resolver mi extraña fijación. En las curtidas páginas de un deshojado libro de psicoanálisis, leí que el fetiche de pies era una condición muy común en los hombres.

Su origen se remite a la etapa oral. Es el momento en que los bebés exploran y descubren el mundo con las encías, es para entonces el punto que concentra mayores terminaciones nerviosas. Las mismas que hoy están ubicadas en el glande o el clítoris. Postuló Freud que el niño  se moviliza a rastras, su visión inmediata está fijada en los pies de su madre. ¡Qué extraña locura! Pensé. Sin embargo, carga lógica.

Este como muchos procesos del cerebro, es un capricho del preconsciente, en la mente de quienes admiramos los pies, quedó una relación entre el placer que se experimenta en la boca con las extremidades de los adultos.

-Héctor, ¡Pilas!, póngase las pilas que no me importa si usted viene a hacer una investigación o para hacer quién sabe qué mierda. -Ese fue mi primer regaño- Aquí, trabaja como todos; aquí observa, toma apuntes y “meserea”. Mejor dicho, aquí mama y silba al mismo tiempo.

Quien gritaba exaltado era desde ese día mi jefe. La dureza de su alarido no fue mayor a los nervios que me generó mi primera orden como mesero. La misión: atender a la dama de pies seductores y a su mórbido esposo. Daba el aspecto de un bulto de carne esparcido en un espacio menor al volumen de su cuerpo.

Pasó lo inevitable, mi mirada no se perdía del juego, sus dedos con sus zapatos que suspendía en el aire. El resto de su pie estaba desnudo. Era tal, que mi primera clienta notó mi comportamiento.

-¿Te gustan mis pies?

-Son hermosos –respondí-

Su esposo me miraba y de su boca escapaba una expresión de burla, notó mi nerviosismo y fui presa de sus chistes de mal gusto. –Qué tal el pollo fetichista-

De inmediato me repuse y en un tono de seriedad pregunté:

-¿En qué les puedo ayudar?

La mujer miraba con extrema curiosidad y aprovechando la incómoda escena -¿haces masajes de pies?- preguntó.

-Sé hacerlos, pero hoy no están incluidos en mi contrato con el club, aseveré.

-Necesitamos hielo -Ordenó el hombre-.

-¿Algo, más? Pregunté.

-Por ahora está bien, dijo ella.

Di media vuelta y retorné a la barra. Mis manos temblaban. Mi ropa interior ya estaba empapada de una abundante mancha de líquido pre-seminal típica de un estado de excitación. Mi sexo palpitaba y la respiración estaba alterada.

La cubeta de hielo ya está lista. La instalé en la bandeja y la conduje a quienes la solicitaron. De nuevo la mujer insistió para que masajeara sus pies. Esta vez, conté a mi favor con la premura de las órdenes de otros clientes.

Esa era una noche de show lésbico en el evento central. Las mujeres para esa ocasión lucían hilo dental. Todos actuaban como si fuera una discoteca común, pero daba la sensación de tener unos lentes de rayos x. Nadie daba señas de erotismo distinto a la piel de los glúteos.

Las bailarinas encargadas de elevar los ánimos, ya ultimaban detalles. Juntas hablaban con el barman del lugar: Para las dos, sendos tragos de tequila. La música pasó de salsa a electrónica y tal como si fuera una orden, la primera de ellas saltó a la pista. La segunda lo hizo desde la barra de “pole dance”.

Las luces apuntaban a ellas, la primera: Una trigueña de medidas extravagantes exponía sus senos a una mesa de cuatro parejas. Sin excepción, todos besaron sus pezones. Al otro lado de la pista una rubia de estatura media y con caderas perfectas, contoneaba sus nalgas en ritmo de samba brasilera.

El show transcurría sin alteraciones. La atención estaba fija en ellas. Para entonces, una mujer del público se unió al espectáculo. La escena era excitante y juntas conformaban un cóctel letal para el morbo masculino: La nueva bailarina se dejó tender en el piso, la trigueña abrió sus piernas y se fundió en un profundo y erótico beso en su sexo. La rubia por su parte posó su vagina sobre la cara de la arriesgada participante. El espectáculo debía continuar, me encargaron entregar a las mujeres un vibrador y un consolador de dos puntas; camino a la pista, era inevitable percibir el aroma del erotismo.

En la mesa uno, una pelirroja masturbaba a su esposo. Atrás de ellos, otra pareja hacía lo propio. En general, casi todos acudieron a la autosatisfacción. De sus penes escurría el líquido que minutos antes había humedecido la tela de mi pantaloncillo.  Sus glandes brillaban y estaban a punto de reventar. Uno de ellos no lo aguantó y su esposa saboreaba como si fuera el más dulce de los manjares las gotas de una espesa y abundante eyaculación. Su boca estaba atiborrada y por la comisura del labio, escapó una mezcla de saliva y semen. Con una servilleta limpió los residuos.

Pero la noche apenas empezaba. De inmediato el hombre se repuso y retornó a la pasión. Por mi parte había cumplido la misión. Tres mujeres friccionaban contra las paredes de sus vaginas, dos prominentes falos. La invitada al show posó en cuatro. A ella la siguió la rubia quien con habilidad de experta instaló una de las puntas del consolador en su vagina, la otra la penetró en la vulva de aquella mujer a quien su pareja esperaba con ansias pervertidas. Ambas se movían a ritmo pausado y con el movimiento chocaban sus nalgas.

El vaso aún continuaba servido y envié un sorbo de agua a mi boca. Mi mirada estaba fija en el show central. Sin que me percatara, una hermosa dama  se sentó en la barra y estiró sus piernas. Era ella, la que con sus pies había logrado desconcentrar mi trabajo. Su orden fue sin vacilaciones.

-Aquí los tienes, aprovechemos que todos están distraídos-

Justo en mis ojos y a la altura de mi boca posaban los pies de aquella erótica clienta. Sus zapatos eran nuevos, y enredaban dos correas sobre el empeine, Una tercera se trenzaba para separar el dedo homónimo de los demás. Sus líneas eran perfectas y ya podía percibir el olor del cuero mezclado con el sudor y el perfume que impregnaba su cuerpo. Esa es sin duda la mezcla de aromas que altera mi conducta.

Estaba nervioso. Vergüenza, no sentía. Sin embargo, era enfrentarme a la adoración de pies en su máxima expresión. Aún no reaccionaba y de inmediato miré a sus ojos. Su boca dibujaba una sonrisa que evocaba reto. Ella se adelantó y aflojó una de las hebillas su pie quedó desnudo. Temblando y con la sangre bombeando a mi miembro, llevé sus dedos a mi nariz. Aún sentía la humedad de su sudor y percibía un aroma que aún si trato de explicarlo, seré tildado de sucio o desaseado. Sólo un fetichista de pies logra exaltar los olores del cuerpo de tal forma que disfruta de los almizcles naturales del cuerpo femenino. Un espacio cargado de naturaleza y antítesis.

Mi boca se hacía agua. Continué con el pie izquierdo. De nuevo lo llevé a mi nariz, no quería contaminarlo con mi saliva.  Pasaron dos minutos y deslice como si fuera una culebra mi lengua en la separación de sus dedos. De sus labios se escaparon un par de gemidos, su mano izquierda acariciaba su vientre. Flexionó y separó sus piernas, levanté mi mirada y su dedo masajeaba su clítoris. En eso pasaron cinco minutos. La magia fetichista fue interrumpida por una de las invitadas esa noche al club. Con fuerza tomó su boca, besó sus senos y desnudó su sexo, estaba expuesto. Sus labios vaginales eran pequeños pero carnosos. La mujer no tuvo reparo y fundió su boca en la humedad de aquella vagina.

Quedé perplejo. Mi falo estaba erecto sentía un deseo incontrolable por acariciar mi glande. Masajearlo, necesitaba estimular y explotar la carga de deseo. La mancha de líquidos permeó la tela de mi pantalón, imperceptible por la penuria del lugar.

Respiré profundo y me reincorporé a mis labores. La siguiente tarea entregar una cerveza a una mujer a quien su maquillaje se le había mezclado con el sudor. Por sus senos corrían gotas de sudor. Su cabello estaba mojado, por su aspecto fue fácil ingerir que su faena continuaba en el sauna. Estiré mi mano y ya se había ido. El administrador del lugar, ordenó que llevara la cerveza.

En el camino, crucé por la cama de orgías. Las piernas estaban trenzadas y  en total unas 10 personas entre hombres y mujeres, intercambiaban besos y caricias. En la esquina una morena esbelta soportaba un pene en su vagina mientras otro hombre besaba su ano. El beso no duró mucho, el hombre enfiló su miembro y con cautela penetró su ano. Era una doble penetración sincronizada. Un tercer individuo se incorporó a la escena y la mujer practicaba una felación tentadora.

Frente a ellos dos mujeres besaban el pene de un hombre. Ambas masturbaban con fuerza descontrolada. Ambas esperaban un chorro potente de semen. Ambas recibieron la descarga. Como si se tratara de un juego romántico de pareja intercambiaban los restos que el hombre dejó en sus bocas.

La misma escena se repetía en otros lugares. Pese al sonido ensordecedor de la música, los gemidos retumbaban en las paredes. Los espejos estaban empañados y era posible percibir el chasquido que produce la fricción de la vagina y un pene -bueno, muchos penes-.

El camino al sauna era un sendero de lujuria. Para entonces los gritos desaforados daban cuenta de los orgasmos que experimentaban hombres y mujeres. En total y sin temor a equívocos, pude contar 9, cinco, fueron comprados por mis ojos.

La mujer quien solicitó la cerveza, ya estaba en el vestier. Una molestia con su esposo, provocó su retiro. Por mi parte, ya no aguantaba más. Sabía que estaba trabajando y debía cumplir con mi investigación. Logré entrar a un cubículo. Ahí, retiré mis pantalones. Mi pene goteaba y palpitaba, lo tomé en mis manos y acaricié hasta lograr una potente eyaculación. Quedé tendido en la camilla. Sentía el bombeo de la sangre recorrer por mis piernas. Esa fue la señal que me indicó que debía retornar a mis labores. Me interné en la cabina de sonido y esperé la hora del final. Esa fue mi primera noche como mesero.

La orden atender la mesa en que estaban sentados explicaba la razón de esa extraña fijación.

HÉCTOR FABIO MOSQUERA, COMUNICADOR SOCIAL- MAGÍSTER EN FORMACIÓN

CORRESPONSAL DE LA F.M

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