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La Montaña de la Vida

David Mauricio Villabona Alemán Licenciado en Inglés Universidad Industrial de Santandermontaña

Confeccionando unas alas con tus miradas, sonrisas, palabras y cariño para volar con su ayuda hasta el tejado de tu casa y cuando te estés peinando me deslizaré por la ventana.

Mientras eso sucede, les diré a las margaritas, que me miran con deseo de advertir mi presencia en tu casa, que guarden silencio y que dejen a un lado los celos que les invade por el hecho de no ser esta rosa de mil colores que dejaré en tu ventana con el pañuelo que hizo que nuestras manos se juntaran en el momento en que lo recogimos y que conservábamos intacto y perfumado con nuestras lágrimas hechas por la alegría y el verdadero amor. 

Pero el tiempo y el polvo hicieron lo suyo y marchitó esa flor que brillaba en tu ventana y ensució al pañuelo que le servía de lecho.

Cuando ves esas dos pequeñas cosas que contenían un pedazo de mi alma, tú en vez de guardarlas en un libro para tenerlas como un dulce recuerdo, prefieres lanzarlas a los buitres del dolor, del rencor y de la decepción para que ellos con sus afilados picos en forma de garfios oxidados las destrocen.

No contentos de acabar con una parte de mí que se escondía en esos dos objetos, emprenden el vuelo para alcanzarme y atraparme con sus ponzoñosas garras.

Al ser más rápidos que yo, me toman por las alas que hice mientras pensaba en ti y me llevan a un sitio totalmente desconocido para mí. Mientras el escabroso viaje continúa, mi garganta se empieza a sentir atragantada por un grito que crece cada minuto que pasa y que se rehúsa a abandonarla.

Debido a ello se me dificulta respirar y mi único deseo consiste en que esos fétidos buitres me suelten para poder liberar a ese grito cuya misión es la de hacerme expirar.

Al rato, un horrible crujir nace de mi espalda; así es, eran mis alas siendo arrancadas: las mismas que hice para volverme un hombre libre, pero en esta ocasión de manera irónica me aprisionan y causan más sufrimiento.

Después de ese estruendoso ruido empieza mi caída junto con varias lágrimas saladas y sazonadas de amargura. El grito al fin abandonó mi garganta con todo su furor y no sólo se liberó él, sino que también al salir arrancó el alambre de púas que letalmente abrazaba a un corazón lleno de cicatrices de experiencias similares a las de éste día.

Pero una roca de una inmensa montaña recibió a éste triste cuerpo que a pesar de sentir el ardor de las quemaduras de la contrariedad, él me insistía en que viera todo lo que reservaba ésta cumbre a los enamorados que aunque derrumbados, se podían curar con la ayuda del fantástico paisaje que ofrece la montaña de la vida e iniciar otro vuelo que al final sobrepasará las nubes del éxtasis de lo que todos llamamos felicidad. {jcomments on}

 

 

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