Economía Crítica

Clase de Matemáticas

RONALD DUARTE, Magíster en Filosofía y Economista de la Universidad Industrial de Santander

Un victorioso café aguado me daba la entrada a la casa, jamás mencioné su segunda cualidad por la diplomacia del amor nuevo y lo tomé siempre con buena crítica a primer sorbo. Frente a mí, custodiada por su belleza, la fabricante dejaba entrever una sonrisa, como esperando el comentario de un critico culinario; no se porqué, pero siempre respondí con un beso que naturalmente le daba a la bebida su primera cualidad. 

La casa era extraña, la disposición del espacio consistía en un pasillo largo con un recinto amplio en la entrada que servía de sala de recibo, estudio y comedor al mismo tiempo. Justo en la mitad se dividía el lugar  en dos cuadrados como alas laterales que se usaban, de la entrada a la izquierda para la cocina un tanto oscura y, de la entrada a la derecha para patio de centro, que servía al mismo tiempo de sala de televisión y lugar de descanso, dejando entrar la luz y el ruido de los vecinos del segundo piso. Al fondo del pasillo se amontonaban  cuatro divisiones más, tres para los dormitorios y una para el viejo baño, que como funcionario incompetente, trabajaba a medias y con aires de querer jubilarse; sin embargo, aunque escasa y triste, el agua de su regadera era fría, fresca e inclusive, y contribuía a mi sonrisa.

Aquella casa congregaba muchos de los atributos arquitectónicos de la época, era una construcción necesitada: una casa antigua de dos pisos convertida en dos casas separadas para aprovechar la renta de una de ellas, mientras la otra sección acomodaba apretadamente a la familia original. Vista desde arriba parecería una tángara y los espacios, abarrotados de múltiples funciones no dejaban duda de ser una casa obrera. Los obreros siempre tuvieron que aprender a usar casas pequeñas en las noches y a construir casas enormes en el día. Si alguien quería identificar una casa obrera, lo único que tenía que hacer era preguntar dónde queda el estudio y esperar que le señalaran el comedor.

Pero el lugar donde la tarde colmaba su punto más alto, era la habitación contigua al baño que compartía espacio con una escalera inutilizada. Tenía una ventana grande que permitía la entrada de la luz y el aire fresco al tiempo que, delatoramente dejaba salir el ruido hacia el piso superior obligando la tarde a ser de susurros. De la habitación sólo me molestaba la estantería de la pequeña biblioteca empotrada de media pared para arriba, aunque en toda mi vida nunca había puesto más atención a las repisas que a los libros que ordenan. La razón era, que está estantería de una madera cruda y unos tornillos desproporcionados, poseía una historia que me hacia criticarla injustamente con el machismo propio de mi ciudad. El resto del cuarto era tan agradable como su habitante cotidiana, estaba adornado con un toque intelectual e infantil y gobernado por una cama para un sólo cuerpo que, en las tardes, celestinamente se agrandaba para cobijar al visitante catador de café. Debo confesar que en alguna oportunidad me vi solo acostado en su lecho y me pareció, por el espació, el catre de algún recluta en campaña,  pero por lo general, bajo la compañía de su propietaria, me resultaba más grande, casi como la cama ostentosa que imagina cualquier futura esposa. Allí, en aquel lugar fresco, silencioso, de aromas femeninos complacientes y prometedor, pasaría gran parte de la tarde sin tener conciencia del tiempo.

Ella, la fabricante de café, la habitante del cuarto con la cama que se encoge en solitario pero se agranda en compañía, la que está protegida por su belleza y la de susurros al oído; me sorprendió una tarde en el comedor-estudio-sala de la casa, con un paquete color tierra hermosamente cerrado con cinta trasparente el cual identifique inmediatamente como un libro.  ¡Un libro! Pensé, para mí, ¿el que siempre tuvo que comprarlos, prestarlos o reciclarlos y los esperó como regalo durante mucho tiempo con la certeza independientemente del paquete? Solía pensar, antes, que todos mis regalos eran libros aunque sus paquetes no evidenciaran prueba de ello. Cada vez que me regalaban una taza para el café -de las muchas que se me dieron-  y claro, empacada como taza, yo me preguntaba antes de abrirlo: ¿será que este libro tiene forma de taza?  Lo mismo ocurría con los regalos que tenían empaque de tiendas de ropa, siempre mantenía la esperanza terca que fuera un libro dentro de un empaque apresurado, pero siempre encontré la misma camisa a rayas con exceso de poliéster y con aspecto de oferta.

Antes de aquel momento creía fervientemente que las mujeres habían reducido sus posibilidades de sorpresa a unas cuatro cosas: tazas para café, camisas a rayas en oferta, ropa interior de colores ridículos y un paquete de tres medias por el precio de dos. Pero en aquel momento realmente me sorprendí porque ese paquete era, definitivamente,  un libro, era imposible que fuera una taza. Aunque ya el hecho de saber que mi regalo era un libro haría el momento inolvidable, la protegida por su belleza puso sobre la mesa-comedor-estudio un plato con aceitunas rellenas envueltas en queso y jamón  y una buena cerveza; aquello regresaría a las mujeres la capacidad de sorprender y reafirmaría mi argumento que los hombres solemos sorprendernos con cosas sencillas pero no por ello simples. Abrí en paquete de color tierra despacio, quería disfrutar el momento, la solemnidad del instante aunque la de susurros al oído me instigara a romperlo.

Creo que la propietaria de la cama de múltiples tamaños se dio cuenta de inmediato que era el primer libro que recibía de regalo. Ya antes un amigo me había regalado uno de poemas selectos de Ramón de Campoamor  comprado con su sueldo de estudiante; pero, dado que antes yo le había regalado una revista con partes de la autobiografía de Sartre que influyo en su locura, creo que este obsequio era más una venganza que un presente. Ese mismo amigo me regaló un tiempo atrás: “Una Breve Historia del Tiempo” del físico inmóvilmente afamado Stephen Hawking,  pero lo hizo porque el propietario original del libro estaba muerto y él, al heredarlo, se dio cuenta que lo tenía repetido en idéntica edición, haciendo este ejemplar en especial un estorbo en su biblioteca y, tal vez por la misma rabia que sintió el heredero del gato con botas, decidió regalármelo un día.

El tercer y último libro que había recibido sin pagar, robar o reciclar,  fue un grotesco resumen, en cincuenta hojas, de los dos tomos del “Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” que se me dio como premio en un mediocre concurso de poesía. De tal manera que mis ojos, los que la de susurros al oído vieron, no fueron de otra cosa que de sorpresa; la sorpresa de alguien que había esperado quince años ese momento. “Confesiones de un Burgués” se titulaba su carátula, su autor: Sandor Marai, húngaro de nacimiento y periodista de profesión y, desde aquel momento, el congelador de tardes. El la primera hoja de mi regalo, una dedicatoria sin nombre estipulaba: “para que vueles.” y como una dedicatoria de ese talante no puede quedar huérfana o anónima, obligué a la de la casa en forma de rayuela a firmarla de nombre entero; pero ella, con el temor de quien firma una gran hipoteca que la compromete de por vida, simplemente escribió: Liliana. Naturalmente las aceitunas, la cerveza y unas cuantas hojas leídas a dúo hicieron su cama infinita hasta que el reloj marcó el fin de la tarde  y la escueta regadera del viejo baño refrescó los cuerpos. Lo verdaderamente sorprendente de aquella tarde es que la noche jamás llegaría.

Después de las seis de la tarde de ese día el tiempo se congeló por completo. El mundo seguía su curso  olvidándose de nosotros o a nosotros nos importaba poco el curso del mundo, así que al mundo no le quedó otra. Todas las tardes de tiempo congelado fueron de aceitunas, cerveza, cama grande,  ducha tenue y lectura a dos voces de las páginas del libro; todas las tardes de tiempo congelado  el mismo café me esperaba a la entrada de la casa con la sonrisa de su fabricante. Pero aunque todas las tardes fueron una sola, no fueron la misma; algunas se matizaban  de sudor que aceita espalda propia y manos ajenas, mientras otras se acompañaban de música confundida con aire agitado y otras dejaban rodar una película de la cual jamás supe su argumento. En muchas ocasiones la tarde se estiró hasta entrada la noche y hasta bien entrada la mañana, pero en las gamas de tarde que llegaron a ser noche o amanecer ya no nos protegía el pequeño cuarto de la casa alargada; habíamos abandonado su frescura, su intimidad y su protección para arriesgarnos a la ciudad siempre abarrotada de gente y de miradas con olores asfixiantes. Dejamos la cama volverse pequeña únicamente cuanto era obligatorio, cuando la ciudad exigía nuestra presencia.

Con el afán del sepulturero realizábamos nuestras obligaciones humanas para luego resguardarnos en un lugar donde la urbe dejaba de serlo; una colina iluminada desde donde se podía ver gran parte de la ciudad que por aquella época del año se encontraba mojada por una lluvia constante,  con todas las luces tenues que iluminan las tardes que se quedan a media luz antes del atardecer. Allí nos sentamos en un crepúsculo entero a leer en el silencio y la tranquilidad de toda montaña el libro culpable de devolverle la capacidad de sorprender a las mujeres. Yo leía con tono de profesora de colegio y ella, aun con la experiencia de los profesores de colegio,  leía como secretario de juzgado. Su voz permanecía plana y sin sobresaltarse, leyendo de la misma manera palabras de diferente textura, no se alteraba al encontrar la palabra muerte y la leía con la tranquilidad de la palabra beso, pero no cometía ni un sólo error, ni una tilde se escapaba a sus ojos bailarines que se movían por las líneas con la misma suavidad que el agua de lluvia se mueve entre las hojas. Dado que leíamos a cuatro ojos y una boca el mismo libro, ella, la protegida por su belleza, identificaba la torpeza de mis ojos y sólo variaba el tono de su voz para corregir mis errores de lectura porque los ortográficos los aguantaba en silencio como yo el café aguado: por las delicias del amor nuevo. Era como si quisiera reprocharme en voz alta para comunicarle a los personajes del texto que yo ya no podría cambiar sus historias, que su abogada de sentido había llegado para defenderlos.

El enamoramiento definitivamente elimina el tiempo, lo congela por completo, suele reconstituir en los seres humanos su condición natural, su regreso al paraíso. No se sabe del primer enamorado ni del primer animal, que son idénticos, que se debata entre crisis existenciales o preguntas por el sentido. Igualmente no se conoce a ningún animal-enamorado para el cual la muerte trastorne su tiempo vital, su tranquilidad. La categoría de amor, robada por los seres humanos a los animales, probablemente es el retorno natural que todos queremos.

Al igual que lo ocurrido en la cama multi-tamaño, lo que pasaba en la colina iluminada era lo más hermoso de las tardes congelada. La razón radica en que la tranquilidad orgásmica es igual de inexplicable que la literatura y ambas carecen de cualquier finalidad que no sea placentera. Así fue cómo el reloj se quedo sin segundero  mientras leíamos a Marai buscándonos en cada una de las líneas del relato, un relato que se parió muy lejos de nosotros tanto geográfica como lingüísticamente. Nos buscábamos en cada uno de los personajes, en cada una de las descripciones. Eso ocurre con los enamorados, es casi como los obsesivos, en todos lados quieren ver al otro aunque el otro este al lado. La canción que suena, cualquiera que sea, es perfecta para el otro, casi se puede asegurar que el autor original cometió un error al no colocarle al tema el nombre de pila del otro. El poema que se lee, aunque sea patriótico, es perfecto para leérselo al otro, el olor agradable tiene una sola proveniencia, el otro.

El amor entonces se convierte en esa variable  matemática que nunca entendí hasta ese momento. Jamás pude comprender como una (X) podía ser cualquier cosa. Mi profesor, el poseedor de la verdad decía: “(X) es cualquier numero”,  yo le miraba los ojos de acéfalo con furia, casi gritándole ocularmente: ¡pero si es que (X) ni siquiera es un numero, es una letra! Cómo una letra que se sabe como letra puede ser un número y lo que es peor aún: ¡cualquier número! La rabia hacia ese impostor de maestro se incrementaban al pensar que, dado que los números son infinitos, (X) era infinita y, no hay nada más agobiante para un niño que la infinitud puesta en una letra. Tiempo después únicamente soportaría las matemáticas con la certeza de que son un simple argot, pero en ese momento las posibilidades infinitas de (X), que al ser infinitamente posibles ya poseen una certeza: la imposibilidad, era lo que me atormentaba.

Sin embargo, en esas  finales de tarde en la colina donde el tiempo se congelaba, me di cuenta que el amor es lo más cercano a una (X) de infinitas posibilidades y ella, la fabricante del más delicioso café aguado, era todo lo que yo quería; era, sencillamente, infinita.{jcomments on}

 

Leave a Comment