Economía Crítica

La estupidez, o el soliloquio con el tablero

RONALD DUARTE, Magíster en Filosofía y Economista de la Universidad Industrial de Santander

De cuando en cuando un estudiante silencia los labios con una pregunta que sonroja o con un texto que uno se niega a creer que fuera de su autoría. De cuando en cuando algún joven comparte café y humo para preguntar por libros y temas que la clase deja escapar. De cuando en cuando algún estudiante me presta un libro que luego me sirve para algún seminario; o alguna clase aburrida se soluciona con un comentario inspirador de ese estudiante que nunca habla; o el debate hace olvidar el tiempo y el fin de la clase pasa desapercibido.

Pero lo intermitente de ese verdadero quehacer de profesor universitario contrasta con lo cotidiano de la estupidez. Con estudiantes que plagian el mismo texto que tenían que leer, con estudiantes cuya única pregunta que cuaja su mente es por la calificación; la estupidez cotidiana que acompaña la mediocridad vestida de mensajes de texto y timbres de teléfono móvil. El tedio del soliloquio con el tablero.

Algo en su defensa tenían los profesores viejos: el tránsito al conocimiento es difícil y la ignorancia es agobiante. Dentro de los motivos que un profesor tenía para soportar las canalladas de su profesión se encontraba el reconocer al conocimiento como un proceso lento y lleno de dificultades y el reconocerse a sí mismo como un estudiante. Pero en la actualidad nosotros mismo, lo profesores universitarios, hemos perdido la esencia de nuestra acción, hemos perdido nuestra defensa de la dificultad y hemos tejido hilos al rededor de nuestras manos; hilos de marioneta.

De sujetarnos al casi caduco concepto de la mayoría de edad para intentar explicar lo desafortunado de la universidad contemporánea colombiana, los estudiantes saldrían bien librados. Al fin y al cabo sus equivocaciones están justificadas en el proceso de aprendizaje mismo. Pero, ¿Y los profesores? Aquellos que tenemos “libertad de cátedra”. Los profesores nos hemos convertido en un remedo de maestro, una viruta de capitalismo que fácilmente podrá ser reemplazado por un programa de computación.

Las universidades adelantan procesos de calificación docente y los promedios en las calificaciones de las asignaturas se disparan. Me aterra ver una libreta de calificaciones de un estudiante colombiano porque al parecer todos son brillantes con promedios cercanos a la nota más alta posible. Pero en el fondo son meras asignaciones numéricas que lo único que representan es ese acuerdo tácito entre estudiantes y profesores por no perder su beneficio: “nota alta para mí y soy profesional, nota alta para ti y sigues ganado ese salario miserable por hacer tonterías”; casi que un cartel de las calificaciones.

Para ser profesor universitario se exige maestría y doctorado y dichos estudios se ofrecen como salchichas y hay doctores por todos lados, y vuelven los acuerdos tácitos: “si con ustedes es fácil ser doctor, y por lo tanto es productivo, yo pago. Tranquilo que aquí es fácil.” los requisitos para estudiar una maestría siempre traen en el nivel de estudios del formulario la palabra “afines”, afines significa: el que pueda pagar. Maestría en filosofía, requisitos de pre-grado: en filosofía o afines. Doctorados por correspondencia, a distancia, virtuales, semi-presenciales, en tres, dos, un año; requisitos: afines.

Las evaluaciones, por otro lado, no son más que un requisito burocrático. Los textos, en el caso de las humanidades, pocas veces son leídos. El lápiz rojo se usa para asignar un signo de correcto en cada hoja; como para dejar testimonio que la calificación es justificada. Pero son muy comunes los trabajos plagiados, incluso de tesis de grado, que traen ese visto bueno del profesor. De ese docente que autoriza la estupidez.

Ser profesor universitario significa agrupar talentos que por lo general no se encuentran juntos. Se debe ser claro pero a la vez versátil porque el conocimiento no tiene porque ser complicado. Se debe ser riguroso pero a la vez delicado por la tasa de deserción universitaria. Se debe ser estricto con el conocimiento pero a la vez comprensivo con los diferentes tipos de inteligencia. Y ¿Qué resulta? infinitas calificaciones que por la cantidad terminan siendo efímeras. Evaluaciones de selección múltiple que no permiten la discusión como si el saber fuera estático, talleres para resolver en clase con acceso a internet, exposiciones en grupo como karaoke con diapositivas. Tonterías.

De cuando en cuando un profesor exige un ensayo y lo llena de lápiz rojo y es difícil obtener un cinco. De cuando en cuando un profesor guía su clase por medio del cine o una novela, de cuando en cuando un profesor se rehúsa a llegar tarde a sus clases, de cuando en cuando un profesor deja referencia bibliográficas que apasionan. De cuando en cuando hay profesor con el salón lleno sin tomar lista. Pero ese fenómeno, lamentablemente, también cada vez más es un evento casual. Los verdaderos profesores de los que recibí clase son tan pocos que me sobrarían dedos si los cuento con una mano.

El soliloquio con el tablero es la industrialización del conocimiento. Salones atestados de clientes y la figura del profesor como proveedor de servicios. La regla: la misma del mercado, la productividad. Que los estudiantes no sepan reconocerse como vacas de engorde y a los salones como criaderos puede que sea comprensible, pero que los profesores aceptemos ser un martillo es un síntoma de como la universidad colombiana se convierte en circo. {jcomments on}

 

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