Publirreportajes

AVENTURAS DE UN HIPPIE

“Yo estudie aquí”, dijo Manuel Vargas. No le creí enseguida, pero algo dentro de mí, me hacía sentir la veracidad de las palabras, así que quise averiguar y salir de la duda. Mire a mi alrededor y él entendió que tenía que justificar la frase. – ¿Has escuchado de Méndez Camacho?  Un famoso escritor y en mi época era el director, pero eso era antes cuando en la Universidad de Pamplona estaba la Escuela de Artes.

Y prosiguió, ¿Ves el busto que hay detrás de la cafetería?, es Cote Lamus, era gobernador de Norte de Santander y un reconocido poeta, un hermoso poema de él se llama “Los Estoraques”. En la inauguración de la escultura vinieron los escritores nadaistas. Ese día también hicimos nuestra exposición, yo presenté una pintura de un bodegón con tres vasijas de barro y frutas, estábamos tan felices que nos emborrachamos y de la alegría nos bañarnos en la fuente luminosa, algunos se desnudaron y al final por esa gracia, tuvimos que pasar la noche en la cárcel, me comentó.

Un 9 de marzo de 1952, nació este controvertido personaje, de padre sastre y madre ama de casa. Empezó sus estudios en la escuela nº 20, en Atalaya en donde vivió su infancia  hasta que sus progenitores se dieron cuenta que sus aspiraciones iban más allá de la pintura, porque en la Escuela de música aprendió a fumar marihuana y a seguir una filosofía hippie, y a llamarle la atención la vida de los indígenas y del campo.

Pero no se quedo con el gusto, tomó un morral y recorrió con sus amigos varias ciudades de Colombia, y del mundo. Cuando le pregunté el nombre de ellos, miró hacia arriba  y me dijo  “No me acuerdo, increíble, solo el de la mujer que iba con nosotros: Vilma”, ni siquiera recuerda como se llamaba la amiga que acompaño a parquearse al frente del consulado de Venezuela, ahí acamparon protestando porque le negaron la visa para viajar a Estados Unidos y el sostenimiento de ellos se mejoró cuando mataron al Che Guevara porque hacían e imprimían afiches de él.

VIAJES

“Los recorridos se efectuaron gracias al Autostop, y Bogotá fue la primera ciudad que llegué porque era el epicentro de los hippies más concreto en la calle 60” me contó.  El hábitat la calle, el sostenimiento: La música, que perfeccionó en este lugar, aprendió a tocar rock entre blues y jazz, y así podía mantenerse de lo que la gente le daba, además la estadía no fue en vano de vez en cuando hacían protestas en contra del gobierno materialista.

“Después a la Costa, a conocer el mar”, exclamó entusiasmado, entonces en el segundo arribo visitó Santa Marta, los desplazamientos no eran tan complicados,  a los camioneros les gustaba la compañía de los hippies, porque de esta manera no se dormían en el camino gracias a las historias que les narraban y también por la música que les cantaban.

El  amor por la selva lo llevó a él y a sus compañeros a Pasto, deseando entrañarse en ella y navegar por uno de los ríos más caudalosos de Colombia el Putumayo, en ese lugar querían buscar un chamán para tomar yagé. Conocieron a Querubín Yocoró pero sus esfuerzos no sirvieron de nada, no les dio la bebida preciada, ya que ellos aún pensaban que se obtenía como antes: Con pan y sal, pero ahora estaba comercializada y ellos no tenían dinero.

La lancha Kaliviú y el capitán al mando hicieron realidad el sueño de estar en Leticia pero después se convirtió en pesadilla porque les tocó trabajar, ejercicio no llevado a cabo por ellos. Varias razones los encaminaron a esta labor, una de ellas la pobreza de las personas de aquel territorio, para que les dieran algo tenían que ganárselo y el oficio que desempeñaban consistía en reparar y pintar las casas que la inundación afectó.

El tiempo que duraron resultó largo. Nadie los sacó de ahí. Vivieron en una casa que les prestó la Aduana Nacional y después de un buen tiempo, la misma entidad los ayudó a salir de ahí en un avión de carga denominado Aeropesca. Cansados del lugar porque no consiguieron marihuana salieron por turnos de 2 ó 3 hippies, en total 25, que se habían quedado estancados.

AMORES

“Practicábamos el amor libre, pero a pesar de todo me enamoraba muy fácil de todas”, me dice jocosamente, y continúa – “Me marcó una canadiense- francesa, la celaba y ella a mi, le gustaba los colombianos y no crea yo tenía mi atractivo,  nadaba muy bien y llevaba el cabello largo hasta la cintura”, y termina con la frase “Muchas deseaban hacerme la trenza”

Otra mujer que enloqueció por él fue una francesa llamada Shantal, con ella viajo a México y tuvo la oportunidad de admirar las ruinas Mayas y Aztecas, de perderse en el Valle de Texcoco y de observar la majestuosidad de la Pirámide del Sol.

Ese amor terminó así como sus viajes, cuando se dio cuenta que estaba solo y que había perdido su familia y las mujeres, hasta el control y el juicio.

Le pregunté si tuvo hijos, y con una tristeza en su mirada me anuncia que sí “Un hombrecito de nombre Sheya”, y lo que era de esperarse de una interesante mujer llamada Clara de la tribu los Cowis de Palomino, La Guajira. Lo visitó varias veces hasta que el tiempo y sus andanzas hicieron que  perdiera comunicación con él.

Ya sumido en el alcohol y las drogas, regresó a Cúcuta. El padrino también pasó por los mismos vicios y le aconsejó que lo acompañara a Alcohólicos Anónimos, donde encontró un nuevo sentido de vida al hacer parte de un grupo, logrando una fuerte abstinencia en él, porque también ayudaba a otras personas a salirse de su propio problema.

Ahora se dedica a trabajar en un taller de refrigeración, que es de los sobrinos. Sigue pintando pero neveras y avisos comerciales, después de tantos colores se quedó con uno solo, el servicio a las personas con problemas de alcohol, además no perdió su esencia, el arte lo refleja actualmente en las vallas publicitarias mientras le ayude a sobrevivir.

DAICY CELIANI ECHEVERRI CASTILLO

COMUNICADORA SOCIAL-ESPECIALISTA EN GESTIÓN PÚBLICA

DIRECTORA REVISTA PRIMERNOMBRE.COM  

Leave a Comment