Invitados especiales

ALICIA LA ALQUIMISTA

Camilo Castro Rodríguez, economista Universidad Industrial de Santander

Hacia la cocina negra, hacia la piedra necesaria para convertirlo todo en oro. Se encierran a experimentar, a realizar pruebas. Tanteando, allá y acullá, buscan las ideas y posiciones del poder con el libre mercado por bandera: primitivos creyentes, se rebajan a épocas iluminadas por el oscurantismo, por la fe. Un prototipo del conocimiento científico, un alboroto rejuntado como una orquesta tropical; buscan en cada fiesta una herramienta para “penetrar mercados”, mentes, vidas, cuerpos, para penetrar todo aquello que a cada quien por naturaleza es imposible arrebatar: su tiempo. Escarban y revuelven todo, quieren hallar la mezcla perfecta; se entretienen con sus “supuestos”, “condiciones”, “equilibrios”, con sus maneras de amarse a sí mismos. Toman puntos de partida: fantasean sin percatarse que aún están cayendo por la cueva del conejo. En su optimismo se haya su espíritu pervertido que seduce, que evangeliza miles de seguidores alrededor del sabio proverbio “Ciencia es medición”. “¡Ea! ¡He aquí lo prometido!: la ciencia, el modelo, el sistema”; a ello sigue las rodillas en el suelo, la persignación y un amén.

Elevan el grito cuando todo les coincide; a eso llaman teoría, a una coincidencia. Así llegan al fondo del agujero, arrastrados por un orejón de pellejo blanco. Al caer, están debajo del pensamiento como condición humana, están en el lugar donde se acondiciona el pensamiento. Ideas y posiciones condicionadas por el poder; ¿no queda pues esperar una sistematización del pensamiento, y por tanto de su producto; es decir, del conocimiento? Llegan a planteamientos, a “modelos” de sus coincidencias premeditadamente condicionadas; así se convierten en infantes que juegan a armar rompecabezas con la matemática y la estadística. ¡Eureka!, corren desnudos por las calles alegorizando, profetizando; empieza la danza, el canto, todo un ritual detrás del “teórico” que ha renunciado a ser artista para ser científico. El sistema económico –la materialización de este conocimiento- “sistematiza” el tiempo; los teóricos definen la vida como un residuo de la competitividad, la productividad, la eficiencia y la eficacia. Tal es la cumbre del pensamiento económico: el hombre es una máquina que produce y consume. Hay una lógica ineludible en este país maravilloso, la lógica de la obediencia y de la dependencia como manifestación de los intereses del poder.

Los puntos de partida son amputaciones a la libertad del pensamiento, son los intereses del poder. Se toma por dado las bondades del mercado, la torpeza del gobierno, el correcto criterio de la razón, del individualismo y del egoísmo; lo excusan todo en encuestas, estimaciones, regresiones, en el pasado que escrito ha de ser la experiencia para que se desarrolle la fe en un mejor futuro. Tanto optimismo no deja ver las creaciones y recreaciones del presente: hambre, desempleo, pobreza, desigualdad e iniquidad. Al final de todo esto -¿Qué es esto?-, de este infortunio del pensamiento, se contaría con la suerte del anuncio del diablo: “Si tuvieran ellos la piedra filosofal, no habría filosofo para la piedra”. Entretanto, ¿qué es la vida, pues, para los economistas? Un recurso humano.{jcomments on}

 

 

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